|
| |
Me inicié en las artes marciales en el año 1975. Mi primer contacto fue con una disciplina coreana, con la que adquirí varios conocimientos y técnicas; también me proporcionó fondo, elasticidad y una gran preparación física. Pero yo andaba buscando otra cosa distinta, más parecido al Kung-Fu. Por aquella época yo compraba todas las publicaciones que podía sobre artes marciales y encontré el libro sobre Hung-Gar de Wong Ping Pui (primera publicación en España escrito por un afamado escritor y hermano mayor de práctica), el que después sería mi maestro durante una larga época de mi vida. A continuación pude enterarme del gimnasio donde impartía sus enseñanzas: Corría el año 1977, y yo tenía 17 años. Recuerdo muy bien mi primer día de clase, donde pude ver a Wong si-fu en acción, realizando los tres primeros movimientos de ataque de la forma denominada Fook Fu Kuen. Para enseñármelos, justo delante de mi, con una rapidez, una plasticidad y una precisión que me dejaron anonadado, pues colocó los tres golpes a dos dedos de mi. A continuación le
vi hacer otros movimientos en el transcurso de la clase, donde saltaba; seguidamente se agachaba... Vestido con su “kung-fu sam” (kimono) negro, automáticamente me recordó a un felino: una pantera negra. Todo aquello me produjo tal estado de emoción, que enseguida me di cuenta de que era exactamente lo que estaba buscando.
A continuación vinieron unos años de largo y duro trabajo, donde fui subiendo posiciones; hasta el punto de tener que dar yo las clases si Wong si-fu se ausentaba. Incluso si las mismas eran muy concurridas: entonces debía hacer labor de ayudante, todo esto bajo su mandato. Por culpa de unas discrepancias entre el director del gimnasio y Wong si-fu (entre otras cosas por el hecho de practicar un arte marcial diferente al de ellos ¡estaban en contra nuestra!), yo también me vi envuelto en todo aquello. Hubieron altercados, y a mi me tocó participar, teniendo que demostrar por aquel entonces la valía del Hung-Gar. A raíz de todo aquello y también por desacuerdos económicos, Wong si-fu decidió dejar de impartir las clases en el centro, dejándome a mi al cargo de las mismas. Unos pocos meses después, y aprovechando el director del gimnasio la coyuntura del cambio de centro de enseñanza -por la inauguración de un nuevo local mucho más grande y equipado, con todas las actividades en una sola gran sala-, me notificaron que se iban a producir cambios, en los cuales el director del gimnasio -que por cierto, en ese momento estaba muy interesado por el Kung-Fu- iba a pasar a dirigir las clases. Yo las daba, y me habían incluido algunos alumnos nuevos...
Total que, como si de una película de mafiosos se tratase, me estaban preparando toda una estratagema. Después del correspondiente precalentamiento, realizamos la forma que tocaba (básica por el nivel del alumnado), y damos paso al combate. Nos distribuyen por filas, uno enfrente del otro formando parejas. Pasados unos minutos de lucha, rotábamos con la finalidad de que siempre tocase un oponente diferente. Pasados unos cuantos, me tocó uno de estos "alumnos nuevos", que al parecer tenía la orden de acabar conmigo. Era un personaje con pinta de gárrulo, que cargaba contra mí con la intención de hacerme una proyección, donde a veces salía disparado con más velocidad que la de inicio y otras se iba al suelo. Yo, utilizando casi siempre la misma técnica (kam-kay-to lap, una variante de "el pollo dorado se sostiene sobre una pata"). Pero no contento el director de los resultados de su estratagema, decide cambiar de plan, y nos indica que nos pongamos uno frente al otro para hacer un ejercicio que denominó "ejercicio de ojos". Este consistía en dar golpes al aire sin tocarse y esquivarlos manteniendo una distancia prudencial. El
gárrulo empezó a pasarse -que era en realidad de lo que se trataba la historia-, acercándose más de la cuenta, sin respetar la distancia mencionada, y propinándome golpes al cuerpo. Yo, contraatacando, me dedicaba a devolvérselos al rostro. Cuando la cara se le empezó a enrojecer, el dirigente decidió parar aquello, dando por finalizada la clase. A continuación, el director me dijo que tenía que marcharme. Yo le contesté que si me abonaba mis clases realizadas, no había ningún problema. Este era uno de los tributos que había que pagar por aquel entonces, por ser pioneros de un arte marcial, en este caso el kung-fu, en España. En ese momento se acabaron las clases y la prolongación de Wong Ping Pui en un centro público oficial. Fui a contarle lo sucedido a Wong si-fu y me dijo que no me preocupase y que continuaríamos las prácticas detrás de su restaurante, en una plaza situada en pleno corazón del barrio chino de Barcelona, en la calle del Carmen, muy cerca del mercado de Sant Josep. Allí empezó mi incursión en el mundo de las armas del Kung-Fu, ya que en el gimnasio donde Wong si-fu nos daba las clases no podíamos practicarlas por falta de espacio. Así y todo, a mi me había enseñado un trozo de la forma de palo largo (el cual mide 2,50 m.) con un palo de escoba. Mi sorpresa fue cuando en mi primer día de clase en la mencionada plaza habían ya unos chicos chinos a los que Wong si-fu también estaba enseñando y, curiosamente, había uno de ellos que, al mismo tiempo que yo, aprendía palo largo: con él pude practicar técnicas a dos de palo y entender así mucho mejor su evolución. Después del palo vino el látigo de cinco secciones (Bin), el paraguas (Ti) y la espada (Tou). Esas son las armas que yo pude aprender en aquella famosa plaza, donde a veces me daba la sensación de estar en el mismísimo Hong-Kong. Los días de clase eran los miércoles a partir de 00,30 h. de la madrugada, hasta las tres o las cuatro. Días después empezó a venir más gente: los antiguos alumnos, gente nueva... Iba corriendo la voz, hasta el punto de ser un nutrido grupo. Pero al cabo de un tiempo algunos dejaron de venir y se fue reduciendo el grupo, sobre todo porque las horas no eran las más adecuadas: al día siguiente la gente tenía que ir a trabajar o a estudiar. Pasado un tiempo, el desarrollo de las clases era de la siguiente manera: si Wong si-fu ese día no había tenido mucho trabajo en el restaurante, o no éramos muchos en el grupo, él se implicaba más en las clases; si no, era yo quien las daba, siempre bajo su dirección y su atenta mirada. A todo esto, las clases nos las daba gratis. Yo, particularmente, me tenía que desplazar desde un pueblo, a trece kilómetros de Barcelona y, por no tener vehículo propio, ni transporte público por ser de madrugada, Wong si-fu y su familia, sabiéndolo, muy generosamente me dejaban alojarme en su casa (en ocasiones, con otro chico de Barcelona). En agradecimiento por sus enseñanzas y su buena hospitalidad, yo siempre miraba de ayudarle en su restaurante: así empecé en el mundo de la hostelería. Paralelamente a la práctica y aprendizaje en la plaza, algunos del grupo nos íbamos los fines de semana a practicar a Montjuïc, en los jardines de los alrededores de la Fundación Joan Miró, donde desarrollábamos las técnicas, haciendo énfasis, sobre todo, en el trabajo por parejas. A finales del año 1.981 tuve que incorporarme al servicio militar. Fui destinado a Las Canarias. En mi primer permiso, después de la jura de bandera, Wong si-fu me notifica que las clases en la plaza se habían terminado. El motivo era que cada vez iban menos practicantes y, además, los vecinos de la zona siempre se quejaban de que hacíamos mucho ruido. Podríamos decir que el grueso de la enseñanza de Wong Ping Pui había finalizado en 1.982. Seguí manteniendo el contacto con algunos de los que allí practicábamos.
Mi mili fue de un año, en la cual, por medio de captación, accedí a un cuerpo especial llamado Unidad de Seguridad y Custodia (U.S.C.). Su insignia o escudo, curiosamente, eran dos armas cruzadas (como el símbolo de Chau Wing Tak): un cetme (fusil de asalto) y una zeta (subfusil), y un casco entre las dos armas. En esta unidad, nuestra misión estaba única y exclusivamente dedicada a desempeñar guardias para el Capitán General de la
provincia. Uno de los requisitos más importantes era que se supiesen artes marciales. La compañía la formábamos un centenar de hombres, de los cuales más de un treinta por ciento las practicábamos: judo, kárate, taekwondo y kung-fu, siendo yo el único que practicaba esta disciplina. Dentro del programa del cuartel y en las diferentes actividades, teníamos fijados un mínimo de dos días a la semana para la práctica de las artes marciales; cuando había algún acontecimiento especial, como por ejemplo una exhibición, los más expertos teníamos que dedicar más horas, estando incluso rebajados de otros servicios. Todo esto se realizaba en unas instalaciones adecuadas, dedicadas exclusivamente a la práctica de las artes marciales, siendo nosotros la única unidad en todas las islas Canarias que teníamos un gimnasio específico para las mismas. En los ratos de ocio, los compañeros habituales de las diferentes disciplinas practicábamos y cambiábamos impresiones sobre las artes marciales.
Al finalizar mi servicio militar continué con mi aprendizaje y práctica habitual del Kung-Fu. Con uno de los antiguos practicantes de la ya mencionada plaza nos fuimos a practicar a los jardines de Montjuïc, por no poder hacerlo ya en la plaza pues, entre otras cosas, Wong Ping Pui se trasladó a otro restaurante, en el cual yo, precisamente, estuve una temporada trabajando con él. Por estas fechas fue cuando Wong si-fu me otorgó con un diploma por mi práctica hasta ese momento y me comentó que era uno de los pocos que había entregado; concretamente dos: el otro alumno que también lo poseía era uno de los de la época del gimnasio Montemar.
A principios de 1.983 empecé a impartir clases en un gimnasio de la zona sur de Sabadell (Barcelona), donde permanecí hasta el año 1994 cuando, por motivos de trabajo, le cedí la enseñanza a un alumno. En estos once años en Sabadell enseñé a un nutrido grupo de alumnos de todas las edades. Allí se formaron algunos de mis mejores alumnos, varios de los cuales son actualmente maestros, alguno con gimnasio propio. En aquella época nos dedicábamos a difundir el Hung-Gar y realizamos numerosas exhibiciones.
Durante seis años -1983/1989- me dediqué a la doble tarea de la práctica y la enseñanza. Decidí entonces que debía continuar mi aprendizaje dentro de la familia del Hung-Gar.
A principios del año 1989, con el permiso de mi maestro, y con una carta de recomendación firmada por él mismo, el diploma que me había otorgado, más una buena preparación física y mucho entrenamiento encima me desplacé a HONG-KONG y me presenté en el Mou Kwon (gimnasio) de Chau Wing Tak que, como todo el mundo sabe, es el Maestro de mi Maestro Wong Ping Pui y, por lo tanto, es mi Shi Kung (abuelo).
Gabriel Soler practicando con el Gran Maestro Chau Wing Tak. Hong Kong, 1989.
Chau Wing Tak me recibió personalmente. Tras un extenso diálogo, una serie de explicaciones, la muestra de mis credenciales, un previo examen verbal y posteriormente uno técnico, accedió a aceptarme como alumno suyo. Sólo los conocedores de este estilo pueden entender la alegría que experimenté cuando me aceptó como alumno, máxime cuando Chau Wing Tak no acepta a cualquiera, pues tiene fama de ser una persona muy precavida, tajante, reservada y cautelosa. Para mi fue un gran honor que me abriera las puertas de su casa y me aceptara como alumno, sobre todo si se tiene en cuenta que ya hacía seis años que no enseñaba a nadie. Durante los cinco meses siguientes (febrero-junio), Chau Wing Tak dedicó cuatro horas diarias de su tiempo a enseñarme a puerta cerrada. Yo dedicaba cuatro horas más, el mismo día, en solitario, para asimilar todo lo que me enseñaba.
Las clases con Shi-Kung fueron a puerta cerrada, particulares, y todas las técnicas me las enseñaba personalmente. Lo que me sorprendió mucho es que a su avanzada edad podía hacer cualquier tipo de movimientos, fuesen estos de mano, en salto, golpes de pie o incluso técnicas efectuadas en el suelo. Eso sin mencionar el manejo de las armas, donde se le notaba mucha experiencia y mucho entendimiento sobre el tema. En suma: "todo un maestro". En ese momento me dí cuenta que mi decisión fue la correcta; que aparte de continuar con la tradición y la proliferación del estilo, estaba con la persona perfecta para poder continuar con mi aprendizaje dentro del Hung-Gar.
Chau Wing Tak posee vastos conocimientos, tanto a nivel de medicina como de Kung-Fu se refiere. A grosso modo, mi aprendizaje con Chau Wing Tak consistió básicamente en hacer un repaso de todo lo aprendido hasta el momento con las correcciones pertinentes y sus correspondientes explicaciones, añadiendo además nuevos y sustanciosos conceptos desconocidos para mí en esos momentos, así como también diverso material técnico, tanto de armas como de mano vacía, todo ello, claro está, con sus correspondientes explicaciones. Así pues, Chau Wing Tak me explicó el conjunto del sistema Hung-Gar, con lo que entendí mejor el boxeo chino y el estilo de la familia Hung, en el cual me inicié desde pequeño. Por todo ello, sólo puedo estarle enormemente agradecido de que me acogiera y me enseñara a lo largo de los meses que estuve con él.
Actualmente, poseo diverso material que he podido ir recopilando -bien heredado, cedido o adquirido-, como pueden ser libros (tanto técnicos como de medicina), también algunas recetas de elaboración y fabricación de medicinas; fotos antiguas; recortes de periódicos con referencia a Tang Fong, o sobre el gimnasio de Chau Wing Tak; dibujos de los diseños de estructuras de muñecos de madera (mok yang) específicos del Hung-Gar o incluso fotos de alguno de ellos, etc., material que he podido conseguir tanto por las numerosas veces que he estado personalmente o bien por los contactos periódicos que mantengo por carta con el maestro Chau Wing Tak, material que en su día y en su medida irá viendo la luz.
No me queda más que dar un profundo agradecimiento a mis dos maestros dentro del mundo del Hung-Gar. Al primero, por introducirme en el estilo, siendo para mi un gran iniciador en el mismo. Y al segundo, por ayudarme a poder continuar: ¡Sin él no hubiera sido posible! No concibo el primero sin el segundo, ni el segundo sin el primero: ¡Gracias a los dos!
Gabriel Soler, Chau Wing Tak y Wong Ping Pui
Después de volver de Hong-Kong reanudé mis clases en Sabadell. Al mismo tiempo, a finales de 1989 empecé a dar también clases en un nuevo centro, en Masquefa, a un pequeño grupo de todas las edades. A principios de los noventa también estuve dando clases en un centro de yoga de mi amigo y maestro de yoga Carlos Claramunt. Desde 1982 he enseñado a cientos de alumnos por toda nuestra geografía y fuera de ella (también a algún que otro oriental). Por razones personales y laborales me trasladé a vivir a las Islas Baleares, en 1993-94. Dejé la enseñanza en los gimnasios de Catalunya, dejando en cada uno de ellos a alumnos cualificados que continuasen mi labor. No obstante, continuo mis enseñanzas con ellos y también con muchos otros, para profundizar o complementar su conocimiento del Hung-Gar. Mi kung-fu ha ido siempre paralelo y ha estado, de alguna manera, vinculado a la hosteleria, de la cual estoy viviendo actualmente. Llevo trece años ejerciendo esta profesión. En las Baleares regento varios restaurantes, siendo yo cocinero en uno de ellos. Mi especialidad es la comida cantonesa, enfocada especialmente a un público inglés. Aprendí el arte culinario de varios maestros cocineros chinos; algunos residen en Catalunya y otros en Hong-Kong. En el año 1996, con mis alumnos más avanzados, provenientes la mayoría de ellos del gimnasio donde yo impartía mis enseñanzas en Sabadell, fundamos la Associació Esportiva de Hung-Gar i Estils Tradicionals de Kung-Fu, en la cual realizamos Seminarios y Cursillos sobre Hung-Gar, así como de Introducción a la Cocina y a la Medicina chinas. La mayoría de ellos son solamente para los propios miembros de la Asociación. Somos una Asociación seria, que intentamos, sobretodo, llevar la tradición del Hung-Gar Kung-Fu de la rama Tang Fong, linaje Chau Wing Tak a su máxima expresión.
|